Hoy en día las etiquetas son algo imprescindible en nuestra vida. Nos resulta muy útil etiquetar para poner orden a las cosas y para facilitarnos el acceso a información que nos puede resultar relevante.

Podemos encontrar etiquetas visibles por todos lados: desde cuando vamos a comprar productos en el súper, prendas de vestir, etc. hasta cuando nos ponemos a revisar lo que tenemos en casa organizado cuidadosamente en cajas.

Pero las etiquetas aunque son un excelente mecanismo para simplificar y facilitarnos la vida pueden llegar a ser bastante “perversas”. Ya que en muchas ocasiones están asociadas a cosas que no tienen por qué ser así y nos llevan a sesgar la realidad.

Veamos un ejemplo:

Cuando vemos un precio muy alto en un abrigo es fácil que nos venga de manera automática a la cabeza que ese abrigo es de muchísima calidad, que nos va a durar un montón, en definitiva, que por alguna razón vale ese precio, ¿no?

Pero esto…¿es siempre así? Que levante la mano la persona que no se haya decepcionado con una prenda bastante cara que a los dos lavados está llena de pelotillas, se ha descosido o se ha roto la cremallera… Ja! Ay inocente de ti que pensabas que habías hecho una compra estupenda…

¿Y qué ocurre cuando las etiquetas no están a la vista? ¿hay alguna diferencia con respecto a las que podemos ver y tocar? Por supuesto que no.

Las etiquetas “invisibles” están ahí aunque no las llevemos colgadas como el abrigo carísimo. Es más, estas etiquetas influyen tanto o más en nuestro comportamiento que las otras. O acaso no te resulta familiar que cuando ves a alguien al que consideras “guapo/a” tiendes a atribuirle cualidades que esa persona no tiene necesariamente como podría ser por ejemplo que esa persona es bastante exitosa.

Entonces es cuando entramos de lleno en lo peligroso de la categorización social y hacia dónde puede llevarnos.

Estereotipos y etiquetas sociales

Los estereotipos son producto de estos procesos de etiquetado cognitivo y se activan fácilmente y de manera casi automática al ver una persona. Sugieren que quienes pertenecen a un grupo (por ejemplo al que pertenece la etiqueta de “guapo/a”) poseen una serie de rasgos, al menos en cierto grado, aunque esto no sea así.

Al activarse los estereotipos, estos rasgos vienen rápidamente a tu mente, lo que explica la facilidad con la que probablemente puedes asociar características determinadas a esa persona sin conocerla de nada.

Como podréis estar anticipando, cualquiera de nosotros mismos también nos definimos en unas categorías u otras, es decir, nos colgamos unas etiquetas invisibles que están influyendo en nuestro comportamiento aunque en ocasiones no seamos del todo conscientes de ello.

Y la manera en la que nos percibimos hace que sea más o menos probable que actuemos de una manera u otra. Por eso es tan importante tener claras que etiquetas llevamos cosidas en nuestra piel y qué son para nosotros esas etiquetas.

EJERCICIO 1
¿Cómo te defines a ti mismo?
Anota las primeras cosas que te vengan a la mente y reflexiona si las asocias con cosas positivas o negativas.

Este es un ejercicio que viene bien hacer de vez en cuando por varias razones.

– Nos ayuda a definir y clarificar lo que consideramos que somos.

– Nos muestra dónde ponemos el foco, si en nuestros “defectos” o en nuestras “virtudes”.

– Nos facilita detectar con cuánta frecuencia nos decimos esas cosas a nosotros mismos y ver las consecuencias que eso tiene en nuestro comportamiento (por ejemplo, ¿nos facilita las cosas o no las complica?,¿nos hace sentir bien o mal?, etc.)

– Y lo más importante… nos permite matizar o modificar el paquete que viene por defecto asociado a esas etiquetas.

Las etiquetas que nos ponemos, al fin y al cabo, podrían verse como la punta del iceberg. Necesitamos ver lo que hay debajo de ellas y tenerlo en cuenta para no acabar tan hundidos como el Titanic.

Pero, oye… ¡que no cunda el pánico! Que, a diferencia del capitán del Titanic, nosotros tenemos en nuestro poder el modificar el iceberg a nuestro antojo. Podemos cambiar el significado de esas etiquetas ajustándolas más a la realidad y con ello cambiaremos radicalmente el impacto que generan en nosotros.

Con el ejemplo lo veréis más claro:

Si una de las cosas que me definen es “estar gorda” y eso para mi es algo muy negativo porque lo asocio a fealdad, falta de control, mala salud… (dadle las gracias a la sociedad y a los mass media por este inofensivo “paquete por defecto” que hay detrás del adjetivo gorda) cuando me vea al espejo y se active esa etiqueta muy probablemente me sienta bastante mal, ¿no?

Pero si en cambio nos planteamos que estar gorda no implica ni ser fea, ni carecer de salud o de autocontrol (es más, es perfectamente posible ser preciosa, tener buena salud y tener un autocontrol que más quisieran otros) la cosa cambia bastante y el adjetivo calificativo vuelve a ser lo que siempre fue, una simple palabra que describe un aspecto determinado de nuestro cuerpo que no es ni mejor ni peor que otros. Entonces, ¿nuestro estado de ánimo será el mismo que el de antes?  Obvio que no.

No nos vamos a engañar, cambiar las etiquetas y lo de debajo no es una tarea sencilla. Daros cuenta que la mayoría están muy automatizadas y esto dificulta mucho que seamos conscientes de todas las “perlas” que nos decimos día a día.  Además que necesitamos ser muy constantes en mandarnos mensajes más ajustados con la realidad para que estos se automaticen y sustituyan a los anteriores, que no nos hacían ningún bien. Pero afortunadamente para esto esto también contamos con  muchos ejercicios sencillitos que podemos hacer para que nos cueste lo menos posible, y que pronto tendréis al alcance en nuestro blog 😉

Se despide hasta la próxima una sorteadora continua de icebergs que os anima a comentar qué os ha parecido el post y todo aquello que consideréis.

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olga foto del blogOlga Mayoral

Psicóloga en Being Inclusive
Nº colegiada: M-29094

olga@beinginclusive.com